miércoles, marzo 24, 2010

Sobrevivir al Apocalipsis (Parte 3)

Ahora que ha sucedido esto, me paso el día recordando aquel momento cuando vi, con solo 20 segundos de diferencia, dos enormes meteoritos surcar el cielo y golpear la tierra a lo lejos, estrepitosamente. Me pongo a pensar que si hubiera nacido en la época donde todo el mundo creía en un Dios, juraría que había sido como una la señal para que cesase la guerra. Eso sí, de la forma más furiosa posible. Ese día o tal vez el siguiente se acabaron los disparos, el robo de información, en definitiva la guerra. Pero continuaron cayendo meteoritos cada pocos días hasta que a los 13 días todo cesó. Recuerdo revisar las señales externas del neurotransmisor y no capturaba señal alguna. Eso indicaba que tanto antenas como satélites habían sucumbido a tal lluvia incansable de fuego.

Al fin pude dormir varias horas seguidas sin ser sacudido por un temblor de la tierra. Solo se oía el viento silbar como un sable afilado saliendo de su funda, y algún edificio parcialmente derruido cayendo poco a poco. Ni gritos, ni llantos se podían oír a mi alrededor, solo los míos propios. Soledad y angustia son las únicas palabras que podían describir aquello. Siempre que me parecía oír a alguien, eran sólo cristales que se rompían o escombros donde sus estructuras metálicas gemían como quejándose. Poco tiempo después descubrí que no volvería a ver a nadie ni nada eléctrico funcionando correctamente. La electricidad alimentada por cable desapareció para siempre.



Supongo que ante tal situación muchos murieron aplastados, otros de hambre y una buena cantidad probablemente por suicidio. Ya ni recordaba el virus, pero aquello era peor que cualquier enfermedad. Aguantaba el paso de los días, un día sin ganas, otro día con esperanza. Al principio fue relativamente fácil alimentarme, solo tenía que ir con cuidado a las tiendas destruidas. Pero productos frescos solo podría comerlos si hacía largas caminatas a lo que quedaba del bosque. No se hasta que punto podía fiarme al comer una fruta cubierta por la polvareda química o tal vez del meteorito más cercano. Pero aun así algunas veces iba y volvía al cobijo de los edificios. La comida envasada, las latas, y pastillas alimenticias tienen años antes de que se caduquen y confiaba que fuera el suficiente como para que entre los edificios retoñasen nuevos arboles. Poco a poco sacaba cosas a una zona más segura donde me resguardaba. El problema real era el agua, en cualquier lado estaba contaminada menos toda esa envasada y algún día se acabaría.

A las pocas personas que vi, en aquellos meses ya habían fallecido cuando los encontraba. Vivía como un nómada de última generación. Sorteando amasijos de hierro y hormigón hecho añicos. Siempre buscando donde alimentarme y donde resguardarme de estructuras edificadas en peligro de derrumbe.

Después de todo había conocido el infierno, sin saber como y sin merecerlo aprendí a vivir ahí. En el entorno más hostil que la humanidad pudiera concebir.